Las 3 veces que casi pierdo mi pluma.

Hace algunos años, me regalé una pluma Parker obsesionado con la idea de que una buena pluma es la mejor acompañante de las buenas ideas.


La compré en un Samborns en Azcapotzalco. Aún la conservo. Es gris claro, con una punta hermosa y un espacio para un cartucho de tinta intercambiable. Este regalo ha sido una gran satisfacción personal, y desde que la compré me ha acompañado a todos lados. No puedo concebir ninguno de mis proyectos sin mi pluma ni mi libreta, y hasta ahora, con todo y mis tendencias digitalizadoras, sigo creyendo que una buena pluma es un gran regalo para cualquier persona que estudia o trabaja.


Pero hoy no te quiero hablar de mi pluma en sí, sino de como he estado a punto de perderla en 3 ocasiones.


La primera sucedió cuando aún era estudiante. Estaba en una clase de esas en las que el principal reto es no dormirse. Después de varios cabeceos y algunas revisiones a Instagram opté por abortar la misión y abandonar el salón. Como desde ese entonces trabajaba en mi universidad, me dirigí a mi oficina y me dispuse a laborar. La primera sorpresa del día me la llevé descubriendo que mi pluma no estaba conmigo.


Después de un episodio de ansiedad y desesperación, pensé que, si llamaba a algún amigo que estuviera en clase, este podría buscar mi pluma y guardarla por mí. Pero nadie contestó. Así que todo se resume en que tuve que volver con cara de tonto al mismo salón, y mirar sin pena al profesor mientras me observaba entrar de nuevo portafolio en mano, dignidad por los suelos. Lo bueno de esto es que mi pluma estaba esperándome en mi banca.


La segunda ocasión en que casi pierdo mi pluma conlleva una anécdota muy particular. De nuevo, la olvidé en un salón de clases, y de nuevo me di cuenta estando ya en mi oficina. Pero lo peculiar de esto, es que cuando recordé el salón en que la había olvidado fui inmediatamente con la esperanza de que estuviera vacío y la Parker estuviera allí esperándome en la misma comisura de la banca donde anteriormente la había abandonado.


Al llegar al salón la puerta estaba cerrada. Producto de una remodelación, algunas puertas de los salones tenían una pequeña ventana muy similar a la rendija por la que se supone que le dan de comer a los reclusos (según nos enseñaron las caricaturas). Claro que lo que hice fue asomarme por esa ventana, pero lo que descubrí no fue a un grupo poniendo atención a una profesora, sino a una pareja teniendo sexo apasionado.


Yo podré querer mucho a ese pedazo de metal que es mi pluma, pero en esta vida hay prioridades. Y no iba a interrumpir un palo universitario por algo material. Como no iba a pasar, pero tampoco me iba a ir, me quedé afuera del salón como una especie de guardián.


Después de unos minutos, la pareja salió del salón discretamente, y yo fingí no verlos. En cuanto les perdí la vista ingresé al salón, y corroboré con alegría que mi pluma ahí estaba esperándome, en la banca en donde había estado yo unas horas antes.


La tercera ocasión que casi pierdo mi pluma, en realidad fue la ocasión en que casi la dejo inservible. La dejé dentro de la bolsa de una sudadera que iba a echar a la lavadora. Por fortuna al momento de lanzarla hacia la tina sentí algo duro y revisé de qué se trataba. Con esa acción no sólo salvé mi pluma sino toda la carga de ropa de quedar permanentemente manchada de tinta. Y no de tintaroja.


En fin, lo que quiero decir con todo esto es que cuando algo es para ti, es para ti. Y que a veces parece ridículo, pero cogemos cariño a cosas materiales por razones que pueden no tener sentido para otros, pero no importa, porque tienen sentido para ti.


Y las formas en que las cosas, las personas, o el destino te demuestran que algo es para ti, normalmente no tienen sentido. Pero eso es lo que hace divertido el camino .